Chucho Cáceres

La Estación, como comúnmente se le llama al barrio Gral. Belgrano, tiene perfil propio, nacido tras la urbanización de la Comunidad Indígena de Soto, luego de la llegada del ferrocarril.
Fue precisamente la llegada del tren, la que propició que a sus alrededores se levantara la “Villa Nueva” y fuera habitada por gente muy laboriosa que se amalgamó como una sociedad sólida, con un alto sentido de pertenencia, que fue en definitiva lo que le dio su carácter.

También por ese tiempo, nació la supuesta rivalidad espoleada por la gente de la Estancia de Soto, la cual representaba la flor y nata de la villa vieja, cuyos intereses se vieron menguados con el establecimiento de nuevos emprendedores y absorción de la mano de obra que laboraba para ellos.
El común de la gente rara vez adoptaba esa postura, lo que da a entender que esa rivalidad se daba más por razones económicas.
El nacimiento del Albión Club en 1912, que fue un espacio pensado para mantener esa brecha, dado a que contaba con una sede social inalcanzable para el común de la gente., otorgó una herramienta discriminatoria muy importante, que, con el buen criterio de sus mentores, tras el accidente de aviación que le costó la vida al Tte. Benjamín Matienzo, dio un giro hacia lo popular y cotidiano, naciendo de esta manera el Club Atlético Benjamín Matienzo, que vino a centralizar los intereses de sus habitantes en una institución deportiva de bien común.
Ese movimiento de emprendedores que buscaba en las actividades derivadas del ferrocarril una mejor fortuna es la que de alguna manera sustentará esta reseña:
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, se comenzaron a edificar los solares derivados del trazado de la villa nueva.
Casi enfrente a la estación de trenes, en lo que más tarde sería Hipólito Irigoyen nº 539, se estableció don Félix Quinteros, adquiriendo en consecuencia su casa gran importancia, puesto que ese hombre fue intendente municipal al momento de modificarse el trazado original de la villa nueva.
Atendiendo a la necesidad de que la estación de trenes contara con un acceso directo, hizo trazar lo que por muchos años se llamó en forma peyorativa: bulevar Félix Quinteros, (actual 25 de Mayo”.
Don Félix Quinteros, estaba casado con Petrona Vera y tuvieron dos hijas: Rogelia y Dominga, quienes varios años antes que se estableciera la escuela Nicolás Avellaneda, enseñaban a leer y escribir a los niños del barrio.

Más adelante Rogelia, contrajo matrimonio con Justo José Manrique, con quien tuvo tres hijas: Olga, Mary y Nora.
Doña Rogelia fue la heredera de esa casa y del manzano que la contenía, donando un poco más adelante el lote donde se construyó la capilla de la Virgen del Valle.

La otra parte de la historia comienza a escribirse en Arteaga, provincia de Santa Fe, con el matrimonio formado por don Vicente Cáceres y Deolinda Loyola. Ellos tuvieron cinco hijos: Tola, Nely, Mimí, Tita y José Ángel “Chucho”.

Esperanzado en las bondades del ferrocarril, don Vicente viajó con su familia a Soto, le alquiló al señor Guzmán, una casa sobre la calle Deán Funes, pasando las vías y se estableció temporariamente.
Por ese tiempo el gobierno del general Juan D. Perón estaba en su apogeo. Eva Duarte, su esposa, puso en marcha el sorteo de un automóvil, la suerte recayó sobre don Vicente Cáceres y su familia. Por esa razón viajaron a la ciudad de Buenos Aires, con el fin de retirar el premio con el que había sido favorecido. Una vez que el vehículo fue retirado, fue vendido. A su regreso, le compró la propiedad a Justo José Manrique, donde la familia Cáceres se radicó en forma definitiva.

Don Vicente Cáceres se desempeñaba por entonces como jefe del Registro Civil de Negro Huasi.
Acá nace otra historia por demás pintoresca, que comienza a cimentarse a partir de la participación como jugador del C.A.B.M, de José Ángel “Chucho y que se extiende por varias décadas en la casa de los Cáceres, ya que la misma funcionó como pensión y bar comedor, pero, principalmente, como un punto de encuentro para los amantes del fútbol.
Fue un santuario de la amistad y la camaradería, donde la muchachada acortaba las noches y alargaba las charlas, escuchando fútbol, leyendo fútbol en los suplementos de “La Voz del Interior” y en “El Gráfico”. Donde también se jugaba al truco y se degustaba las exquisiteces que cocinaban la Tola y Nelly; donde el ingenio popular creaba situaciones insólitas, con premiaciones del famoso “Rombo”, una distinción que cambiaba de manos, con la misma frecuencia de la agudeza de los que habían llegado primero, o se iban al último.
Era un templo cuya rutina muchos no entendían pero que amalgamaba la pasión por el fútbol, por C.A.B.M el club de sus amores, por cultivar la amistad y no permitir que desfallezca ese espíritu jovial y dicharachero de la muchachada, que hacía de las suyas bajo la atenta mirada del “Chucho” Cáceres. Fue un anfitrión excepcional cuya amistad y bonhomía se prolongó en el tiempo, dándole a esta casa el valor y la importancia que tiene lo que él consideraba su terruño.
Osvaldo Sánchez
21 de octubre de 2021

Lugares con Historias…

Desde los inicios de un pueblo,  se pone en marcha, aunque sin saberlo, el proceso que genera el deseo y la necesidad futura de sus descendientes de conocer los orígenes.
Parece algo sencillo, lógico, natural, pero que no lo es tanto,  implica un cúmulo de valores, de silencios, de relaciones y de afectos que van tejiendo un enmarañado cuerpo, no fácil de desentrañar.

Los Museos son espacios de enorme valor cultural y social que tiene por misión la preservación del patrimonio cultural de un pueblo.

A través del Programa “Lugares con historia” de la Municipalidad de Villa de Soto se comenzó a trabajar con la revalorización de esta casa, con mucha vida, con mucha historia y valores. El Bar, pensión y hospedaje de Chucho Cáceres.